Cuenta el historiador Suetonio,
aunque también lo atribuyen a la leyenda, que los delincuentes o gladiadores en
la antigua Roma, antes de morir en
combate se dirigían al emperador y le decían: «Ave, Caesar, morituri te
salutant» (Salve, Cesar, los que van a morir te saludan). En algunas
ocasiones, el emperador les respondía «Aut non» (O no).
Salvando las distancias, el
domingo 16 de junio antes de comenzar el triatlón en El Médano debía tener
sensaciones parecidas a las de esos gladiadores romanos cuando se dirigían a su
emperador. Pero reconozco que mi
desenlace fue mejor. Pero previo a ese final pasaron muchas cosas. Veamos.
Aunque la competición es
individual, el triatlón es producto de un esfuerzo o apoyo colectivo. Para poder
estar en la salida a las 09.00 de la mañana, tuve que tener a una persona que
me prestara la bici, otra que me facilitara gafas y saliera a entrenar conmigo
la bicicleta, a otra que me prestara su piso en el lugar de la prueba, otra que
hiciera conmigo las transiciones aunque no participara, otras que me mandaran
mensajes el día antes diciéndote que puedes, otras que madrugaron para ver la
prueba y no pararon de animarte y otras cuatro que estuvieron conmigo la noche anterior
y el día de la prueba y que, al margen de volverlos locos con preguntas, me
enseñaron una cosa maravillosa: una prueba de triatlón no es sólo deporte. Son
también unas cañas y una pizza la noche previa en La California, unas risas, un helado, un paseo
y aunque no pudiera quedarme, unos montaditos después de la carrera (Gracias
cracks).
El día de la prueba comenzó temprano
y a las 06.30 ya estábamos en pié: desayuno habitual
aunque un poco más copioso y preparación de la equipación y bicicleta. Vamos de
camino a la inscripción y aparece una nueva Ley
de Murphy debido a los nervios y quizá, la mala suerte: “las ganas de ir al baño son directamente
proporcionales a la distancia que te alejas de la zona de donde te hospedaste.
A mayor distancia, mayores ganas” A pesar del inconveniente, seguimos
adelante. Buena organización durante la inscripción y a las 09.00, después de
fotos y estiramientos de rigor, preparados para la salida.
A pesar de los agobios de las
primeras bollas, me encuentro cómodo en la natación. Son dos vueltas de 750
metros y el mar no está muy malo y el viento no pega excesivamente. Termino en
menos de 30 minutos y me voy, un poco mareado, a por la bici. Transición un
poco lenta y 40 kilómetros por delante. En la primera vuelta conseguí
engancharme a un grupo aunque pronto me dejaron descolgado teniendo que hacer
todo el final en solitario. Ya en la segunda vuelta volví a coger un buen
grupo, colaborador, y que hubiera sacado los colores al economista Adan Smith y
su teoría del interés personal. En 1 hora 20 minutos estoy en boxes y me
preparo (algo de barra energética e isotónica) para la carrera.
Por causas totalmente
inexplicables (la ciencia tiene mucho trabajo en estudiar este fenómeno) las
piernas me responden y puedo marcar un ritmo aceptable en la carrera (poco
menos de 5 minutos el km que para mí, y después del palizón de la bici, es ir a
velocidad de vértigo). La tercera vuelta (eran 3 de 3,33 km) se hace un poco
larga. Es en ese momento en el que totalmente convencido me juro de que no
vuelvo a competir jamás, que no hay necesidad, que podría estar tranquilo en mi
casa y demás cosas que se suelen pensar cuando empiezas a pasar el umbral del
sufrimiento sano. Pero no hay sol, ni viento,
ni distancia que pueda con unas personas que te apoyen desde fuera, (joder cuanto
ayuda un aplauso, un “vamos que ya te queda menos”, etc.,) y consigo, 2 horas 39 minutos después, encarar
la meta.
Decía Benedetti, hablando de las
contradicciones, que en algunos casos el conjunto de desarmonías en un cuerpo produce
algo mejor que la belleza. Pensando en esa frase y las contradicciones me di cuenta que a veces
un conjunto de sufrimientos (natación, bici y carrera) también dan lugar a la
felicidad.
Gracias a todos/as los que
apoyaron, animaron, me aguantaron semanas previas, etc. Les d
ebo una.
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